Nací el 16 de septiembre de 1996 en Mérida, Venezuela, y crecí en un pequeño pueblo andino llamado Canaguá, en el seno de una familia unida que me transmitió sólidos valores humanos y cristianos. Desde niño tuve una inclinación natural a servir a los demás, y el Señor le fue dando forma de manera providente. Alrededor de los nueve años comencé a servir como monaguillo en mi parroquia, experiencia que me permitió conocer de cerca la vida sacerdotal.
En 2009, sacerdotes de los Legionarios de Cristo visitaron mi liceo para presentar el seminario menor —o centro vocacional— y hablar de la misión de “salvar las almas”. Aquellas palabras dejaron una huella profunda en mí. Participé en una convivencia vocacional y, con el apoyo generoso de mis padres, inicié este camino de búsqueda de la voluntad de Dios en mi vida. En 2013 di un paso más al comenzar el noviciado, etapa que me ayudó a madurar en la vida espiritual y en el discernimiento vocacional; en 2015 tuve la gracia de hacer mis primeros votos religiosos.
Mi formación continuó con estudios de humanidades en México y de filosofía y teología en Roma, así como con años de misión apostólica en Venezuela. El 25 de agosto de 2024 profesé mis votos perpetuos, entregando definitivamente mi vida al Señor, y el 20 de septiembre de 2025 recibí la ordenación diaconal, una gracia que me recuerda que la vocación es un don recibido para servir a los demás y que a la meta no llegamos solos. A lo largo de este camino también he vivido momentos de prueba, como la muerte de mi papá, una experiencia dolorosa que el Señor transformó en una profunda gracia interior. Hoy reconozco mi vocación como una respuesta de amor a Dios, que se expresa en las palabras de san Pedro: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo” (cf. Jn 21,17), y en el deseo de seguir respondiendo cada día a su llamada como Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (cf. 1 Sam 3,10).












