“Me has seducido, Señor, y me dejé seducir” Jr 20, 7
Recuerdo perfectamente una oración en la capilla del seminario de los legionarios de Cristo en Roma, tenía 14 años, arrodillado en la capilla y le dije a Jesús: “Señor, quizás yo también algún día estaré aquí como uno de ellos”. En este momento para mí fue un shock, algo inesperado. Este viaje a Roma fue transformador para mí, porque encontré a Cristo vivo y cercano. Regresé otro, todo me gustaba y lo disfrutaba, el colegio, mis grupos de amigos y los planes, el piano, mi familia, el Ecyd, eskiar…
Tomé la decisión de entrar en la Apostólica (seminario menor) durante mi preparatoria, porque quería profundizar más lo que sentía en mi corazón. Fui muy feliz ahi, sentí que mi corazón explotaba de alegría, de felicidad profunda. Las dudas que tenía se disiparon como delante de una evidencia: Dios me quiere con él, cerca de él, y me hace feliz. Con mi generación en la Apostólica éramos un grupo de amigos increíble, cómplices y alegres, con nuevos proyectos cada semana. En estos años el llamado se iba haciendo más claro, no como un relámpago, sino más bien como una luz tenue que me acompañaba a lo largo de los años. No es fácil “explicar” el llamado, es como una intuición, un deseo del corazón, algo que nos supera y que no se puede racionalizar, más bien se saborea…
Entré en el noviciado en 2007, al inicio me costó. Pasé de estar “en casa” en la Apostólica, a no conocer a nadie, sin hablar ni el idioma. Me ayudó a centrarme en Cristo, en el motivo profundo de mi vocación. Y a los 6 meses, de nuevo estaba feliz, lleno de Dios y disfrutando el noviciado.
Y luego llegó la crisis de la Legión, gran momento para mi vocación. A través de esta triste experiencia de pecado y perversión, Dios ha modelado mi corazón de sacerdote en el perdón y la conversión. Me ha enseñado que le gusta más la humildad y la misericordia que el éxito humano, que su obra está en los corazones más que en las instituciones, que Él tiene el poder de vencer el mal con el bien.
En cada etapa de mi formación al sacerdocio puedo discernir el paso de Dios por mi vida y las maravillas que ha hecho. Digamos en síntesis que la constante en mi vida legionaria hasta ahora ha sido de sentirme muy feliz y amado por Dios, a pesar de la pobreza de mi respuesta. Para concluir quiero sencillamente agradecer todas estas bendiciones de Dios que llenan mi vida y me permiten ser testigo privilegiado de su amor: mi familia; la Iglesia y los santos mis amigos; mis hermanos legionarios, los consagrados y las consagradas, los miembros del Regnum Christi; los jóvenes que tuve y tengo el honor de acompañar; tantos amigos y conocidos que llenan mi vida de felicidad.












