El padre Jesús Villagrasa, L.C., quien participó en el Capítulo General 2026, reflexiona sobre la profunda relación entre la autoridad, la obediencia y la vida fraterna dentro de la Iglesia y la vida consagrada, proponiendo un modelo basado enteramente en la figura de Jesucristo.
Compartimos el artículo completo, publicado por la Oficina de Comunicaciones de México. El artículo original está disponible aquí.
Mirar nuestra historia reciente como congregación es contemplar un camino de gracia y de renovación que siempre implica una continua conversión al Evangelio. Los que hemos abrazado esta vocación sabemos bien que el Capítulo General 2026 ha sido un momento de gracia particular; como nos dijo el papa León XIV
“Un momento privilegiado de discernimiento comunitario y de escucha al Espíritu Santo, que sigue guiando su historia y sosteniendo la misión confiada a su congregación, en fidelidad al carisma recibido como un don de Dios para la Iglesia”.
Ya en el Capítulo General de 2014 vimos que uno de los temas que requerían revisión y cambios era el ejercicio de la autoridad: En los últimos años hemos venido profundizando una comprensión más integral en el cumplimiento de normas para adentrarnos en un horizonte que confía más en el discernimiento y la responsabilidad personal de cada hermano.
En este camino de revisión y renovación, redescubrir el verdadero sentido evangélico de la autoridad y la obediencia no es solo una necesidad jurídica, sino una urgencia espiritual. Cristo mismo se nos presenta como el modelo absoluto donde ambas realidades dejan de ser opuestas y se funden en un solo misterio de amor y entrega a la voluntad del Padre. A la luz del reciente documento capitular y de la constante reflexión sobre nuestra identidad, quiero detenerme en lo que considero las dos columnas que sostienen este ideal evangélico: la autoridad moral del superior y la santidad de vida del religioso.
Dejo temas muy importantes del comunicado, pero me anima a desarrollar este foco la carta del Director General firmada en la solemnidad de la Ascensión:
“El Capítulo ha querido profundizar en el tema de la autoridad y la obediencia como una dimensión decisiva de nuestra vida evangélica. La autoridad, vivida a la manera de Cristo, sólo se entiende como servicio espiritual y fraterno. Exige cercanía, escucha, discernimiento y decisiones tomadas con caridad y verdad. La obediencia, vivida evangélicamente, tampoco puede reducirse a pasividad porque tiene como fuente la entrega generosa de sí mismo. Es una forma de libertad interior ya que nos ayuda a escuchar a Dios, a dejamos guiar por el Espíritu y a caminar en comunión. Cuando autoridad y obediencia se viven así, la unidad se fortalece, la confianza crece y la misión se vuelve más fecunda. Los animo a leer y orar el Comunicado Capitular y a llevarlo en comunidad al diálogo fraterno y al proyecto comunitario, para traducirlo en decisiones concretas”.
Que esta lectura orante supla tantos puntos riquísimos del comunicado que ni siquiera logro esbozar.

La autoridad moral del superior: más allá del oficio o la función
Gobernar en una comunidad religiosa es un servicio pastoral necesario para la salud de cualquier comunidad. Sin embargo, la experiencia nos demuestra que el ejercicio de la autoridad corre el peligro de esterilizarse si se reduce a una mera gestión administrativa o a un rol meramente funcional. La potestad que recibe un superior tiene sus raíces jurídicas en la Iglesia, pero su verdadera fecundidad pastoral y su capacidad de ser acogida con paz dependen directamente de su autoridad moral, es decir, de su santidad de vida.
La autoridad de Jesucristo como cabeza coincide con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amorosa a la Iglesia. Somos una congregación religiosa clerical y, además de observar un voto religioso, somos configurados a Cristo, cabeza y pastor. La “potestad” del sacerdote es “espiritual” y “sagrada”, una participación de la autoridad con la cual Jesucristo guía la Iglesia. La autoridad de Jesucristo cabeza coincide
“Con su servicio, con su don, con su entrega total, humilde y amorosa a la Iglesia. Y esto en obediencia perfecta al Padre: él es el único y verdadero siervo doliente del Señor, sacerdote y víctima a la vez. Este tipo concreto de autoridad, o sea, el servicio a la Iglesia, debe animar y vivificar la existencia espiritual de todo sacerdote, precisamente como exigencia de su configuración con Jesucristo, cabeza y siervo de la Iglesia” (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis 21).
Una autoridad de este tipo es única en el mundo, pues el ministro ordenado
“Gobierna con el corazón propio del siervo humilde y del pastor afectuoso que guía su rebaño buscando la gloria de Dios y la salvación de las almas” (Juan Pablo II, Pastores gregis 43).
Para que un superior sea verdaderamente un reflejo del Buen Pastor, su liderazgo debe edificarse sobre ciertas actitudes evangélicas clave:
- Ser testigo antes que administrador: Su autoridad moral nace del testimonio de una vida santa y de una caridad vivida en primera persona. Si un superior no vive con coherencia lo que enseña, termina transmitiendo un mensaje contradictorio que debilita la confianza de sus hermanos.
- Acompañar con mirada compasiva: Está llamado a dominar el «arte del acompañamiento», descalzándose ante la tierra sagrada del otro, escuchando con hospitalidad y saliendo al encuentro del alma atribulada.
- Fomentar la subsidiariedad sin diluir su responsabilidad: Un buen gobierno no lo concentra todo en sí mismo; sabe delegar, confía en las capacidades de los hermanos y dialoga activamente con ellos. Pero, al mismo tiempo, no teme tomar decisiones claras y oportunas cuando el bien común o la misión lo exigen.
- Huir de las desviaciones del poder: La falta de una espiritualidad auténtica puede hacer caer al superior en el autoritarismo rígido, el personalismo subjetivo o el paternalismo que frena la madurez del religioso; o bien, en una pasividad negligente que esquiva los conflictos por comodidad.
Cuando el superior gobierna con un corazón de siervo, los religiosos no ven en él a un jefe burocrático, sino a un canal humano y cercano —con sus lógicas limitaciones— de la misma voluntad del Padre.
La santidad del religioso: una obediencia activa, libre y madura
Por otra parte, la obediencia del religioso no puede entenderse como una sumisión pasiva o ciega que anula la personalidad. Al igual que la de Cristo en Getsemaní, nuestra obediencia es un acto supremo de libertad filial. Es una ofrenda de la propia voluntad que no empobrece a la persona, sino que la enriquece y la lleva a su más plena madurez.
La santidad del religioso se juega, en gran medida, en cómo encarna este voto en el día a día comunitario:
- Búsqueda activa y sincera de Dios: El religioso santo no ejecuta órdenes mecánicamente sin pensar; es un buscador constante de lo que Dios quiere, valiéndose de un discernimiento personal que brota de una conciencia rectamente formada y libre de apegos desordenados. No es casual que el documento vaticano más citado en el comunicado capitular sobre nuestro tema sea “El servicio de la autoridad y la obediencia” del 11 de mayo de 2008, el cual en su número 1 coloca con sabiduría el tema en su contexto adecuado: “mientras en la comunidad todos están llamados a buscar lo que agrada a Dios así como a obedecerle a Él, algunos en concreto son llamados a ejercer, generalmente de forma temporal, el oficio particular de ser signo de unidad y guía en la búsqueda coral y en la realización personal y comunitaria de la voluntad de Dios. Éste es el servicio de la autoridad”.
- Corresponsabilidad y diálogo: La santidad nos impulsa a participar positivamente en la vida comunitaria, aportando nuestros dones naturales y de la gracia para edificar la Iglesia. Esto incluye el derecho, y en ocasiones el deber, de manifestar las propias opiniones e inquietudes con humildad y respeto ante los mandatos difíciles.
- Superación del individualismo: Vivir santamente el voto nos protege de la “pseudolibertad” de quien sólo obedece cuando las directrices coinciden con sus gustos personales, o de la crítica sistemática que destruye los puentes de la confianza fraterna.
Cuando la autoridad moral del superior y la búsqueda de santidad del religioso se encuentran, la comunidad legionaria se transforma en una verdadera familia de buscadores de Dios y de su voluntad. El discernimiento comunitario deja de ser una mera consulta democrática o una búsqueda de consensos humanos para convertirse en un espacio privilegiado donde todos, unidos en un mismo espíritu, intentamos ponernos a la escucha del Espíritu Santo.
Al final, tanto el que guía como el que obedece participan de la misma oblación de amor de Jesucristo. Que este tiempo de renovación nos encuentre con las sandalias quitadas ante el terreno sagrado del hermano y del superior, el corazón abierto y el deseo firme de que nuestras comunidades sean un reflejo vivo y transparente de la caridad del Buen Pastor.
Sobre el P. Jesús Villagrasa, L.C.

El P. Jesús Villagrasa, L.C., nació en 1963 en Zaragoza, España. Ingresó al Noviciado de la Legión de Cristo en Salamanca el 15 de septiembre de 1981 y emitió la profesión perpetua el 8 de octubre de 1989. Fue ordenado sacerdote el 25 de noviembre de 1994. Posee un doctorado en filosofía, una licenciatura en teología y una licenciatura en Bioética. Desde 1999 es profesor ordinario de metafísica en la facultad de filosofía del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum. Ha sido director de la Oficina de Calidad y del Núcleo de Evaluación del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (2009-2013). El 31 de enero de 2011, el Card. Velasio De Paolis lo nombró consejero general, cargo en el que fue confirmado por el Capítulo General del 2014.
Se ha encargado de dar seguimiento a la Red de colegios y universidades del Regnum Christi y fungió como rector del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum del 2013 al 2019.
El 7 de febrero fue reelegido por el Capítulo General del 2020 como consejero general de los Legionarios de Cristo.
Actualmente es el rector de la Universidad Anáhuac en México.
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