Nací el 15 de mayo de 1986 en Maracaibo, Venezuela, en el seno de una familia católica donde recibí las primeras semillas de la fe. Estudié en un colegio claretiano y, aunque Dios formaba parte de mi vida, durante mucho tiempo permaneció más bien en el fondo, como parte del paisaje. Con los años esa fe se fue debilitando, hasta que la muerte de mi papá a causa de un cáncer marcó un antes y un después en mi vida. Su partida me enfrentó con las preguntas más profundas sobre el sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte. En medio de ese dolor, unas palabras del sacerdote durante el velorio —sobre la posibilidad de ofrecer la Eucaristía por su salvación— tocaron mi corazón y despertaron en mí un deseo inesperado: comenzar a ir a misa todos los días.
Poco a poco, casi sin darme cuenta, Dios empezó a transformar mi interior. Sentí el deseo profundo de volver a comulgar, lo que me llevó a acercarme nuevamente al sacramento de la reconciliación. Cuando recibí la Eucaristía viví lo que llamo mi “segunda primera comunión”: por primera vez comprendí con claridad que Aquel que recibía era verdaderamente Dios. El Dios que antes sentía lejano comenzó a hacerse cercano. En ese camino, una invitación a una Hora Eucarística del Regnum Christi me abrió a un ambiente de silencio, oración y familia espiritual que me ayudó a seguir profundizando en mi relación con Cristo.
Tiempo después, durante un viaje al noviciado para participar en el triduo de renovación de las promesas, experimenté con claridad la llamada de Dios a la Legión de Cristo. En una adoración nocturna, mientras rezaba en la madrugada, nació en lo profundo de mi corazón una certeza serena: ese era el lugar donde podía amar a Dios como Él quería ser amado. Con el tiempo comprendí también el sentido del título de esta historia: “el chico de la banca de atrás”. Muchas personas rezaron por mí sin conocerme, ofreciendo sacrificios y sosteniéndome espiritualmente desde el anonimato. Hoy, con profunda gratitud, puedo decir que soy feliz porque Dios me encontró, me llamó y me regala cada día la gracia de seguir caminando con Él hacia el cielo.












