Mi inquietud vocacional comenzó desde muy pequeño, cuando a los ocho años conocí a un padre legionario. Su forma de ser me impactó profundamente y, por primera vez, me imaginé a mí mismo en una vocación así.
A partir de ese momento, comencé a proyectarme como legionario y como sacerdote. Aunque en ese entonces mi vida espiritual no era especialmente intensa, algo en mí había despertado. Poco a poco fui acercándome más a la Legión a través de sus actividades. Las convivencias organizadas por el ECYD marcaron un paso importante en este proceso.
Más adelante, cuando invitaron a mi hermano menor a participar en un curso introductorio para ingresar al seminario, decidí acompañarlo. Ese verano viví una verdadera experiencia de identificación con un grupo que compartía intereses humanos y espirituales. Durante la secundaria, se consolidó un grupo con un ambiente sano, alegre y profundamente unido.
Esta experiencia de comunión fue determinante en mi decisión de ingresar al seminario. Más que cualquier otra cosa, me atrajo la fuerza de ese vínculo, el sentido de pertenencia y la alegría de caminar juntos. Se creó un ambiente en el que mi vocación fue creciendo y madurando.
Al terminar la preparatoria, decidí ingresar al noviciado con el sincero deseo de encontrar mayor claridad y certeza. El noviciado fue un tiempo para cuestionar las decisiones tomadas en mi vida, lo cual me ayudó a dar mayor claridad a mi camino vocacional. Más adelante, en Humanidades y en las etapas posteriores, fue un constante aprendizaje y crecimiento en Dios y junto a mis hermanos.
Con los años, fui redescubriendo el tesoro del Regnum Christi, especialmente durante las prácticas apostólicas y en Roma.
Mirando hacia atrás, reconozco claramente el camino que Dios ha trazado para mí y, al mismo tiempo, veo cómo el Espíritu Santo me ha acompañado, cuidado y guiado con gran amor. Deseo ahora continuar este camino, siempre de la mano de la Virgen María y, si Dios lo permite, llegar a ser un sacerdote santo.



























